Kassumay! Mientras tanto, en otro lugar del mundo

Kassumay! Mientras tanto, en otro lugar del mundo

Carmen, una de nuestras redactoras especializada en turismo cultural, es española y tuvo la oportunidad de trabajar en el sur Senegal con una ONG para enseñar a niños de familias humildes. Una vez de vuelta en casa, se pregunta si no ha sido ella la que más ha aprendido.

Nos levantamos cada mañana en nuestro mundo y tras vivir nuestro día a día, nos acostamos sin darnos cuenta de que en otros lugares del planeta la vida diaria es muy diferente a la nuestra.

Tuve la oportunidad de viajar a uno de estos lugares donde la vida cotidiana es muy diferente a lo que vivo cada día. Estuve en Senegal con una ONG que ayuda a una población situada al sur del país. Lo primero que me atrajo de la idea de hacer ese viaje fue la aventura de conocer algo diferente, pero no voy a negar que la idea de ayudar a los que más lo necesitan también alimentaba mi vanidad.

El día que llegamos me sorprendió el paisaje. Esperaba un lugar seco, amarillo y desértico, sin embargo, lo que me encontré fueron palmeras y verdes campos de arroz. Una foto digna de aparecer en un folleto de paraísos vacacionales.

Cada mañana recorría un sendero que pasaba al lado de casas circulares hechas de adobe con tejado de hierba. Este tipo de arquitectura es particular de la zona. Se llaman casas Impluvium porque recogen el agua en un patio interior situado en el centro, para poder ser utilizada después de la época de lluvias. No hay grifos por los que sale agua corriente, ni electricidad para ver la tele por las noches.

Caminando por el sendero que va de casa en casa, el único sonido de fondo que se oye son pájaros, grillos y alguien que saluda “Kassumay”. No hay ruido de coches, porque no hay coches. Solamente un par de furgonetas pasan al día por el camino principal que se dirige a la ciudad más próxima.

Por el sendero, hombres y mujeres se dirigen a su lugar de trabajo, los campos de arroz. Trabajan en equipo, ayudándose unos a otros a cultivar sus campos. Los hombres con los pies en la tierra mojada cavan y hacen surcos, mientras las mujeres agachadas ponen las plantas de arroz en la tierra. Es un trabajo duro, pero con suerte los frutos darán para comer durante el año entero a toda la familia.

El sendero me lleva a la escuela donde nuestra misión es enseñar y hacer actividades con los niños. Siempre hay algún niño subido al árbol que está a la entrada de la escuela, otros juegan descalzos al futbol con un balón improvisado. Cuando llegamos la algarabía de niños revolotea a nuestro alrededor. Les llama la atención nuestra tez blanca y nuestro pelo liso. Todas las niñas quieren hacer trenzas en nuestro pelo, nosotras admiramos su cabello perfectamente trenzado desde la raíz. Pero aunque ellas son expertas trenzadoras nuestro cabello no reúne las condiciones para ese peinado.

Durante mi estancia tuve la “suerte” de asistir a una de las celebraciones más importantes para la comunidad, un funeral. En su cultura esa ceremonia permite a la persona muerta ir a su destino final, descansar con sus antepasados. Los ritos sagrados sirven para que el alma vaya a descansar junto al creador y sus antepasados. Si la persona en vida no se ha comportado bien, el alma es castigada a convertirse en un espíritu errante, sin lugar donde descansar y sin tener el respeto del resto de los espíritus.

Todo me fascina de ese ritual. Los asistentes visten sus mejores galas para la ocasión, con trajes de intensos colores. Los tambores se oyen desde lejos. Alrededor de la casa donde el anciano vivía bailan primero unos y luego otros a ritmo de diferentes sintonías y cánticos. No hay llantos. De la casa sacaron el cuerpo en hombros. No había ataúd. El cuerpo estaba totalmente envuelto en una manta amarrada a una plataforma a modo de camilla. Dos hombres bailaron con el cuerpo acuestas antes de dirigirse al lugar donde lo enterrarían, pero al entierro ya sólo pueden acudir los hombres con relación muy cercana al fallecido.

El ritual sigue la tradición Jola (Diola) pero en la comunidad no todos siguen la antigua religión, hoy en día muchos son cristianos o musulmanes. Las tres religiones conviven en paz y armonía e incluso en la misma familia puede haber cristianos y musulmanes.

No tienen agua corriente, ni electricidad, trabajan duro… Sin embargo siempre tienen una sonrisa en la boca y una palabra amable para saludar al que pasa: “Kassumay”. Fui para ayudar a los que más lo necesitan y me di cuenta de que quien más lo necesitaba era yo. Aquellos que tienen tan poco, tienen una alegría tan inmensa.

Esta historia fue escrita por la sorprendente pluma de Carmen C., nuestra escritora nativa en español. Luego, mágicamente os los acerca nuestra querida Gestora de proyectos Katerina. Para saber más sobre nuestros servicios de redacción ve  aquí.